En la plaza de las Bárbaras, los acuarelistas de As Xubias encuentran un escenario donde el tiempo parece haber echado raíces. La cruz de piedra se alza firme, rodeada por árboles que entrelazan sus ramas como si custodiaran el silencio del lugar. La luz, filtrada por el follaje, desciende fragmentada sobre el suelo empedrado, creando un juego de sombras que invita a la contemplación. Observan curiosidades discretas: la textura irregular de la piedra, la humedad que oscurece los bordes, el contraste entre la arquitectura cercana y la calma vegetal. Allí pintan no solo formas, sino la quietud profunda que envuelve la escena.