Los acuarelistas de As Xubias nacieron hace dieciséis años como nacen las cosas verdaderas: sin estridencias, casi en voz baja, cuando apenas dos miradas coincidieron en la necesidad de pintar el mundo antes de que se desvaneciera. No había entonces más ambición que la constancia ni más patrimonio que el papel en blanco y la voluntad de regresar una y otra vez al mismo gesto.

Con el tiempo, aquel impulso inicial fue tomando cuerpo, como la marea que avanza sin prisa pero sin pausa. Hoy son cerca de cuarenta artesanos los que sostienen el pulso del grupo, cada uno con su trazo, su silencio y su manera de entender la luz. Y sin embargo, en esa diversidad permanece intacta la virtud primera: la humildad de quien observa antes de pintar.

En As Xubias no se mide el arte por la grandilocuencia, sino por la fidelidad al instante. Han aprendido que la acuarela no admite imposiciones, que exige paciencia, respeto y una cierta forma de honestidad que no se puede fingir. Quizá por eso han perdurado: porque no buscaron crecer, sino permanecer. Y al permanecer, sin darse cuenta, se multiplicaron.

Su verdadera virtud no está únicamente en la técnica, sino en la persistencia de un espíritu común. Siguen siendo, en el fondo, aquellos dos primeros artistas: atentos, pacientes, abiertos a lo que el paisaje quiera concederles. Porque en As Xubias no se ha perdido el origen; se ha multiplicado, y en esa multiplicación reside su mayor logro.