En la plaza de la Palloza, los acuarelistas de As Xubias se detienen ante una escena donde la ciudad se duplica en el agua. La escultura emerge firme, mientras su reflejo, levemente alterado, introduce una segunda realidad más frágil y sugerente. La luz de la mañana, limpia y oblicua, enciende las fachadas y desciende hasta el estanque, donde las piedras del fondo dialogan con el cielo invertido. Observan curiosidades precisas: la quietud del agua frente al dinamismo urbano, la geometría reflejada, el vuelo breve de las aves. Pintan así no solo lo visible, sino esa frontera sutil entre lo sólido y lo efímero.