En la iglesia de San Esteban, los acuarelistas de As Xubias encuentran un equilibrio entre la severidad del frío y la claridad de un cielo brillante. La piedra, endurecida por la temperatura, adquiere una nitidez casi cortante, mientras la luz se posa sin titubeos sobre muros y relieves, revelando cada detalle con precisión inusual. Observan curiosidades silenciosas: el contraste entre sombra y resplandor, la quietud del entorno, el eco contenido en el espacio abierto. Los pinceles avanzan con respeto, capturando no solo la arquitectura, sino esa atmósfera limpia donde el tiempo parece detenido y todo se muestra sin artificio.