La mañana en Palexco amaneció fría y gris, con un cielo bajo que parecía extenderse hasta confundirse con el puerto. Los acuarelistas llegaron envueltos en abrigos y silencios, observando cómo el color intenso de los barcos rompía la monotonía metálica del paisaje. Entre vallas, muelles y superficies húmedas, encontraron una belleza distinta, más industrial y contenida. El viento del puerto afinaba el aire y obligaba a sujetar con firmeza los papeles, mientras las conversaciones surgían entre pausas y manos entumecidas. Pintaron reflejos apagados, líneas urbanas y cielos densos, descubriendo que incluso en la frialdad del acero también habita la poesía.