En la plaza de Pontevedra, los acuarelistas de As Xubias trabajan bajo una mañana fría y lluviosa donde la ciudad parece contemplarse a sí misma en cada charco. La humedad oscurece la piedra y convierte el pavimento en un espejo irregular que multiplica luces, sombras y siluetas apresuradas. Los árboles desnudos recortan sus ramas contra un cielo gris, mientras el rumor constante de la lluvia acompaña el movimiento contenido de la plaza. Observan curiosidades discretas: paraguas reflejados, gotas que deforman las líneas, destellos fugaces sobre el asfalto mojado. Allí pintan una ciudad más íntima, donde la lluvia no borra la belleza, sino que la transforma.