La plaza de la Cormelana recibió a los acuarelistas de As Xubias bajo una mañana fría, lluviosa y cubierta por un cielo gris que parecía extender el silencio sobre la piedra mojada. Los charcos convertían el suelo en un espejo irregular donde se reflejaban fachadas antiguas, puertas desgastadas y figuras que cruzaban la plaza con paso apresurado. Entre la humedad y el aire cortante, los pintores encontraron una belleza discreta en los tonos apagados y en la quietud del lugar. Cada acuarela fue recogiendo reflejos, texturas y escenas cotidianas, transformando la melancolía del día en una imagen llena de atmósfera y humanidad.