La calle Riego del Agua, en A Coruña, se estrecha bajo un cielo bajo y húmedo, como si la niebla hubiese decidido caminar entre sus galerías. La piedra rezuma frío y las fachadas acristaladas, empañadas por el aliento del día, difuminan la vida interior en sombras suaves y titilantes. Todo parece más cercano, más recogido, como si la ciudad se hubiese plegado sobre sí misma para resguardarse.