La plaza de Azcárraga, en A Coruña, se recoge sobre sí misma en un día nublado, como si el cielo bajo hubiese decidido posarse entre sus árboles. La humedad oscurece la piedra y dibuja en el suelo un brillo tenue, casi melancólico, donde las hojas caídas se adhieren como recuerdos recientes. El frío no irrumpe: se instala, silencioso, en cada banco, en cada rincón, en cada pausa.