La mañana se había levantado con ese gris suave que en Coruña no entristece, sino que afina los matices. Bajo un cielo de nubes bajas, casi líquidas, los acuarelistas fueron llegando uno a uno, cargados con sus carpetas, caballetes ligeros y cajas de pigmentos que tintineaban como pequeñas promesas. El lugar los recibió en silencio: la ría retirada por la marea dejaba al descubierto un mosaico de verdes húmedos y ocres terrosos, donde las barcas, varadas con dignidad, parecían descansar de historias largas. Algunas, cubiertas con lonas, guardaban secretos de faenas pasadas; otras, desnudas, mostraban cicatrices de sal y tiempo que invitaban al pincel a interpretarlas.