En la zona de Riazor, el paseo marítimo amanece envuelto en una niebla espesa que desdibuja los límites del mundo. El mar y el cielo se confunden en una misma materia blanquecina, y las farolas, los bancos, incluso las figuras que caminan, emergen como apariciones lentas, casi irreales. Para los acuarelistas, es un desafío y una revelación: pintar lo que apenas se ve