El puerto de Santa Cruz, en Oleiros, amanece como un cuaderno abierto donde el mar escribe con tinta salada. Las barcas, amarradas con paciencia antigua, se balancean al ritmo lento de la ría, como si escucharan historias que solo el Atlántico recuerda. Frente a ellas, el pequeño castillo vigila en silencio, testigo de mareas, de temporales y de tardes doradas en las que el cielo parece detenerse sobre el agua.