El Teatro Rosalía de Castro emerge con una sobriedad elegante, su presencia firme entre la humedad que lo envuelve. No brilla: resiste. Sus muros absorben la luz gris y la devuelven en silencio, como un escenario antes de que se alce el telón.
Los pinceles trabajan con discreción, capturando no solo la forma, sino el pulso de ese instante. Porque en San Andrés, bajo la mirada serena de Neptuno