La jornada transcurrió entre el ejercicio artístico y la convivencia, reafirmando el vínculo entre paisaje y creación, en una práctica que combina observación, técnica y sensibilidad.
La torre, elevada y vigilante, no solo ordena el movimiento: observa. Desde su altura, el ir y venir de las embarcaciones adquiere un sentido casi coreográfico, donde cada maniobra es cálculo y cada pausa, decisión.
la mañana, paciente, se transforma. El sol comienza a abrirse paso y la niebla se repliega sin prisa, como si cediera el escenario. Entonces Riazor se revela: el azul contenido del mar, la línea firme del paseo.